Reflexiones

YO Y MI CASA SERVIREMOS AL SEÑOR – PARTE I

El 16 de Septiembre para México, el 4 de Julio para Estados Unidos, el 9 de Julio para Argentina. Cada país tiene fechas significativas, días que se recuerdan porque en ellos se hicieron decisiones cruciales cambiaron el curso de la historia. Días decisivos que afectaron las vidas de los que las hicieron, y de todas las generaciones que les siguieron.
El día que Josué convocó al pueblo de Israel para una asamblea nacional también fue un día de proporciones históricas. ¡Un día decisivo! Josué sirvió a Dios y a la nación con dedicación, grandeza, integridad y lealtad absoluta. Pero ahora el sol se estaba poniendo sobre el horizonte de su vida, había llegado el momento de pasar la antorcha a la próxima generación. Pero Josué reconocía que a pesar de que la nación había visto milagros portentosos, que Dios les había cuidado y bendecido mucho más de lo que ellos merecían; no obstante, la nación estaba involucrada en la idolatría. Por esta razón en su mensaje de despedida Josué los confronta con la necesidad de hacer una decisión, de decidir un solo curso de acción y perseverar en él. Así confrontó al pueblo con las siguientes palabras: «Si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.»


De este desafío a la nación hay tres hechos fundamentales que quisiera subrayar:
1- Josué reconoce una verdad central de la existencia humana, y es que todos servimos a alguien o algo. Por elección o por abandono, proactivamente o por default, cada ser humano que vive en este día es siervo de alguien, de una causa, de una ideología, de una religión, de un hábito. Para bien o para mal, todos servimos al alguien en este día. No hay excepciones posibles. La pregunta es ¿a quien sirve usted? Conozco individuos que sirven al famoso matrimonio: Don Pepe botella y doña Pepa Licor. Otros sirven a la Coca loca, y a doña Mari Huana. Otros son esclavos del placer sexual, de su carrera, de su trabajo, de su deporte favorito, de sus estudios. La lista es interminable. Lo cierto es que cada uno de estos amos al final del camino indefectiblemente no darán la recompensa por nuestros servicios. Por lo tanto, es crucial que usted se pregunte a quien sirvo yo. Cada uno tenemos capacidad de elección. Josué les dijo: escojan hoy a quien servirán. Usted y yo elegimos, y luego tenemos que vivir con las consecuencias. Cualquier causa que elija que no sea la de Dios lo dejará abandonado en un desierto para morir.
Así Josué afirmó valientemente en aquel día decisivo su elección: Yo y mi casa serviremos al Señor. Josué comprendía muy bien lo que muchos esposos del día de hoy ignoran, y es que el hombre es el líder del hogar para bien o para mal. Que sobre sus hombros recae la responsabilidad de hacer las elecciones que afectan a toda la familia en el presente y en el futuro. Josué dijo, yo y mi casa, no mi casa y yo. Sabía que el mundo de hoy perece por falta de individuos decisivos, que estén dispuestos a pagar el precio de servir con integridad a la causa de Dios. Que no se puede servir a dos amos al mismo tiempo. Que no se puede amar a dos señores simultáneamente, que si amamos a uno, aborrecemos al otro y viceversa. Que si despreciamos a Dios, el nos despreciará a nosotros, que si buscamos servir al pecado, nunca contaremos con su bendición.

2- El segundo hecho que quiero subrayar de esta valiente declaración; es que Josué al decir Yo y mi casa serviremos al Señor estaba estableciendo el fundamento para tener un hogar feliz. Todos somos conscientes que el matrimonio está en crisis. Las noticias nos lo recuerdan permanentemente. Divorcios, violencia familiar, infidelidad conyugal, crímenes en los hogares. Una lista sin fin de miseria, dolor, vergüenza, y pobreza. Sueños hechos añicos, aspiraciones desvanecidas, sufrimiento indecible.
Josué al decir Yo y mi casa serviremos al Señor, estaba yendo a la raíz de todos los problemas de los hogares contemporáneos. Estaba atacando a la enfermedad, no los síntomas. Todos quisieran tener un hogar feliz, pero sin la ayuda de Dios eso es imposible. Sin Cristo en la vida de cada uno de los esposos y de los hijos, la posibilidad de tener un hogar feliz simplemente no existe.

Es patético, cada vez que una pareja me ha venido a ver al consultorio buscando consejo siempre ocurre exactamente lo mismo. Empieza ella diciendo todas las razones por las cuales es infeliz, y luego viene el pedido: Dr. dígale a mi marido… que mire menos TV, que me ayude en la casa, que no salga de parranda. Y luego viene él y comienza soltar su rollo de razones por las cuales él es infeliz. Y entonces el mismo pedido: Dr. dígale a mi esposa que mire menos telenovelas, que me planche la ropa, que limpie mejor la casa, y dale y dale y dale. Cada vez que una pareja comienza con esta ruta, por dentro me darían ganas de decirles: oigan si ustedes quieren resolver sus diferencias conyugales porque no se compran guantes de boxeo.
Eso es un absurdo dirá usted. Estoy absolutamente de acuerdo. Pero sea sincero por una vez en su vida y contésteme: ¿Que es más absurdo resolver los conflictos boxeando, o pretender que su conyugue cambie sin la ayuda de Dios? Usted se da cuenta: el problema fundamental de cada ser humano se halla en el centro de su ser, en su corazón. En ese corazón que la Biblia dice: es maligno y perverso, quien lo conocerá. Ese corazón del cual, dijo Jesús, salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. ¿Y usted espera cambiar el corazón de su conyugue? ¿Cómo? ¿Apelando a su razón cuando la tiene oscurecida? ¿Apelando a sus emociones cuando las tiene muertas para el bien? ¿Apelando a su sentir de responsabilidad cuando no puede dominarse a si mismo? Sería más fácil intentar convencer a un tigre que se haga vegetariano antes que intentar que su conyugue cambie sin la ayuda de Dios. Por esta razón, Jesucristo nos enseño que nuestra necesidad suprema es la de volver a nacer. La necesidad de tener un cambio de naturaleza, de recibir una inyección de poder. La necesidad apremiante de que Cristo con su poder entre a vivir en nuestro corazón, y desde adentro nos de el querer y el poder para cambiar por su buena voluntad. Cuando Cristo cambia el corazón poniendo una nueva motivación y su amor en nuestro ser entonces podemos cambiar para bien y llegar a ser el conyugue que Dios quiere que seamos. De otra manera es poner remiendo en vestido viejo.

Si usted está sufriendo en su relación matrimonial, en la crianza de los hijos, le invito a dejar de perseguir el viento. Si está leyendo buenos libros ayuda, buscar consejo ayuda en cierta medida. Pero hoy le invito a buscar la transformación completa de su ser y su persona. El cambio en su hogar tiene que comenzar con usted. Josué dijo: yo y mi casa serviremos al Señor. Si usted espera que su conyugue cambie, para entonces cambiar usted estará cometiendo un error fatal. Cambie usted primero, y luego ore a Dios para que cambie también a sus seres amados. Solo él puede hacer lo imposible mediante el milagro del Nuevo Nacimiento.

Josué lanzó en aquel día un tercer desafío: escojan hoy a quien servirán. No mañana porque tal vez nunca llegue. Nadie tiene control del mañana, únicamente podemos controlar este momento. Por lo tanto, hoy es un día decisivo para usted. Tal como lo fue para los países que declararon su independencia, hoy le invito a que este sea el día cuando declare su dependencia total de Jesucristo. Invitelo a entrar en su corazón por un acto de fe, a ser el Señor de su vida, y el por su poder infinito le transformará a usted y luego a cada uno de los integrantes de su hogar. Dios quiere bendecir su vida y ver su hogar feliz. ¿Que hará usted? ¿Cuál es su decisión? Josué eligió bien. ¿Cómo elige usted? Yo y mi casa serviremos al Señor. Elija a Dios y viva siempre bajo su bendición.

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